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Jacinta

Sat, 11/24/2012 - 22:56 -- admin
Retrato poético de un descenso al inframundo…
Yolanda Ramírez Michel
Editorial: 
La Zonámbula

Fragmento:

Sucedió que un día Jacinta conoció un Ogro… él quedó deslumbrado por sus ojos de miel y sin pensarlo mucho la invitó a vivir en su palacio.
Para convencerla le habló del aliento florido que cercaba los muros, de las semillas blancas y lanudas que los álamos de su bosque esparcían al viento, del reflejo musical en el riachuelo.
Jacinta aceptó la invitación. Llegó ataviada con un vestido de azucenas, portando una nube de tul sobre sus perfumados cabellos. Cruzó el umbral de la mano del Ogro: altos ventanales filtraban rayos de luz sobre los tapices de los muros, los salones repetían engañosos ecos de bienvenida. Una larga mesa rectangular presidía el comedor, la cabecera parecía tan lejana e inaccesible como un trono. Más allá, tras una portezuela, la cocina monologaba susurros de agua y leña. Los corredores sostenían con orgullo imágenes de ilustres antepasados y en cada puerta abrían su boca cerraduras donde dormían llaves de truculentos dientes.
A cada paso del Ogro la madera crujía, perezosa y sumisa, interrumpiendo la lira que a través de los muros acompasaba al silencio. Todo lucía suspendido en una dimensión incierta, como en espera de órdenes precisas, en tanto él guiaba a Jacinta con orgullo a través de sus dominios.
Sin embargo, conforme avanzaban, el castillo se hundía con gemidos de aire en irrefrenable descenso, las tapias penetraban la tierra rumbo al averno y el Ogro aseguraba las puertas franqueadas con pesados aldabones de oro.
Jacinta no se percató de nada. Su andar hipnótico, siguiendo el canto del huso, la sumergió por hundidos corredores hacia la cámara nupcial. En el último trayecto las azucenas de su cauda se marchitaron de pronto, y la nube de tul que ondeaba sobre sus cabellos se tornó gris, borrascosa.
Cuando Jacinta llegó a la habitación del Ogro, los muros ya habían perdido todo rastro de luz. Él cerró de pronto con un golpe la última puerta; Jacinta se sobresaltó. Salió de su ensueño cuando él la arrojó al gran lecho; la cabecera ostentaba un escudo donde una serpiente agonizaba en las fauces de un león. Luego, sin miramientos, le arrancó el vestido, y ya jirones, sobre impávidas losas de hielo, unos pétalos ajados agonizaron con secos crujidos de otoño.
Cuando el Ogro terminó de morderla, su vientre lloró y trazó el perfil de una lágrima encarnada sobre las sábanas de seda.
Desde entonces, Jacinta no ha dejado de sangrar.